Por Calamaro/Symns

De Madrid al cielo

Cronicas

La infortunada historia de un desdichado de Malasaña.

No es un grato recuerdo, pero hace ya bastantes años, en un altercado callejero, le quité la vida a un yonqui en Madrid.

En esos días, Malasaña y Chueca estaban tupidos de yonquipurs con jeringas colgantes en los brazos, sentados dormitando entre los coches estacionados.

Así era el paisaje urbano de Madrid como de tantas ciudades en el mundo.

Con el tiempo aprendí que el asesino siempre deja agujeros en la vida del asesinado.

Agujeros en matrimonios, en paternidades, en vecindarios, en familia, en amigos.

Al matar a un hombre, se matan a muchas personas.

Por empezar, uno se mata a sí mismo.

Pero este no era un hombre.

Era de esos yonquis con ojos muertos que te enfrentaban para pedirte algún dinero o intentaban robar unos billetes en los cajeros automáticos.

No sé el nombre de la víctima ni recuerdo su cara, algo desfigurada por el paso del tiempo en la calle.

La mugre moldea los rostros casi como el olvido.

No soy un reaccionario inquisidor de almas perdidas ni mucho menos.

Soy la tolerancia en persona y el paisaje marginal de aquel Madrid me gustaba con sus rincones marginales.

No era rabia lo que sentía, con la mente en blanco trataba de sacarme un problema de encima.

Madrid estaba sembrada de pinchetos desde hacía 25 años.

Aquello no fue siquiera una auténtica pelea a puñetazos.

Fueron unos empujones. Y terminar con repetidos golpes en la cabeza de otro contra el cordón de la vereda.

Ahora siento piedad, tristeza por ese vagabundo adicto que dejé muerto en la calle.

Fue puro instinto y ustedes habrían hecho lo mismo que yo.

-Está muy mal matar, es lo peor que he hecho en mi vida, pero matar a un policía me da menos culpa: el policía viene con un arma a matarte a vos. Sos vos o él. Pero matar a un linyera no está bien.

Eso decía un pistolero amigo mío.

Tenía razón.

Fue el primero al que le conté mi crimen.

Le expliqué que sólo quería cuidar a los que estaban conmigo, en la mañana es el varón de mayor edad el que tiene que reaccionar por la seguridad del rebaño.

No sé el nombre de la víctima ni recuerdo su cara. Algo desfigurada por el paso del tiempo en la calle. La mugre moldea los rostros casi como el olvido.

No hubo casi pelea, el brillo de la hoja de una faca despertó mi instinto en defensa de la grey.

Pobre tío, lo maté como a una rata: dando la cabeza contra el cordón de la acera como habría hecho usted, que es un ciudadano de bien.

Ahora mismo, en casi cualquier país de Europa, o en cualquier ciudad o pueblo de la Argentina y, posiblemente de América Latina o Estados Unidos, podría reclutar voluntarios para exterminar en misión catártica a la plaga de los desposeídos y marginales.

Hace unos años era apenas un movimiento en la foto urbana de una capital europea. Nadie fue a reclamar por aquel yonqui, a nadie le importaba.

Mi amigo pistolero, un gran pirata del asfalto y robabancos, me dijo que cuando se mata a uno, no se puede parar.

También me contó que cuando subía al camión y le apuntaba al chofer, si el tipo no se cagaba o no se tiraba un pedo, le daba un culatazo.

Esa era la prueba del miedo.

Si la víctima no tenía miedo, era peligrosa.

Yo maté a uno. Sólo a uno. Y no tenía miedo. Yo tampoco.

Así son las reglas.

Podría reclutar voluntarios para exterminar en misión catártica a la plaga de los desposeídos y marginales.

Los soldados, los mercenarios, los asesinos y los chorros, en situaciones límites a veces se ven obligados a actuar.

Todos estamos armados en mi vecindario.

Y en alerta.

Pero (considerando mis buenas amistades) sería grotesco que me roben a mí.

Además de lamentable.

Hace unos años era apenas un movimiento en la foto urbana de una capital europea. Nadie fue a reclamar por aquel yonqui, a nadie le importaba.

Hay noches oscuras en que subo con mi fierro al tejado de mi hogar, me instalo al costado del tanque de agua y aguardo, al acecho (como un guardián entre el centeno) que alguien tenga la imprudencia de asaltar el barrio.

Por esos días, me pasaba horas hablando y bebiendo con los bandidos.

De sus hazañas delictivas.

De sus fugas increíbles por los pasillos de una villa, a los tiros con cuatro policías que lo seguían en ese laberinto húmedo hasta sus atracos armados hasta los dientes.

Aunque filosóficamente es interesante y no es nada del otro mundo, le quité la vida a alguien y tampoco estoy demasiado orgulloso de eso.

Ni arrepentido.

Ahora el barrio Chueca/Malasaña está muy diferente, pero entonces vivíamos pendientes -aunque despreocupados- de los pinchetos abandonados.

Siento pena pero poca, no hice mal a nadie.

Curiosamente, en alguna época de mi vida cualquiera podría haberme considerado un marginal estético, supe pasearme como un espectro por las calles, también yo.

Mi amigo pistolero, un gran pirata del asfalto y robabancos, me dijo que cuando se mata a uno, no se puede parar.

Pasaron los años y vivimos en un mundo intruso, los nativos rechazan a los tercermundistas que llegaron a instalarse en ghettos del primer y segundo mundo.

En la Argentina, la gente de barrio detesta a sus vecinos si tienen un color de piel ligeramente más trigueña que ellos mismos, o a los de los rancheríos en donde no hay calles o apenas luz eléctrica.

La mayoría de los internautas, vecinos y personas en general…pagarían por encontrarse en situación de matar impunemente a un pordiosero o un adicto a las drogas prohibidas.

Vivimos en un mundo racista y la violencia no nos pertenece.

Lo maté como a una rata: dando la cabeza contra el cordón de la acera como habría hecho usted, que es un ciudadano de bien.

“La violencia es la expresión máxima de la libertad”, filosofaba mi amigo hampón.

Siempre recordaba su último golpe, que fue una desgracia.

A un delincuente joven le habían pasado el dato de un escribano que iba a retirar una suma de dinero importante a una financiera.

El pistolero no confiaba en ese joven, pero tuvo que sumarlo de cómplice. Le dijo todo lo que tenía que hacer, que debía ser firme y veloz; audaz y convincente como una fiera.

Pero al apretar al escribano, no tenía el dinero. El joven sacó su arma y lo mató de un tiro en la cabeza.

En plena fuga, el pistolero le preguntó por qué lo había hecho. El joven, lleno de rabia, le respondió:

-Es que algo me tenía que llevar.

Yo no me llevé nada. Y espero no volver a matar.

Conocí a un hombre que no le gustaba hacerlo. Decía que lo hacía en caso de necesidad.

-Si sos un buen matador, el hombre muere sin sufrir, sin saber que lo sacan de este mundo, sin saber que te quedás con su existencia –decía mientras manejaba su Ford Farlaine modelo 60.

Creo que el yonqui que maté no sufrió.

Ahora está un poco más muerto que antes.

(Cuento a cuatro manos)

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