Foto: Dibujo Daniel Melingo
Por Mía Flores Pirán - Foto: Dibujo Daniel Melingo

On the rocks

Cronicas

Un vaso, un sótano-laberinto y el eco de una voz infantil.

Me apoyé en el roble gastado de la barra.

Todavía no había almorzado.

Estaba ideal, me preparé un trago en un vaso de cristal tallado y estaba distraída. Escuché a una voz muy infantil que me llamaba.

-¿Quién es? ¡Acá estoy! -exclamé con cierta gracia.

Empiné mi vaso y volví a escuchar la voz, que ya estaba más desesperada.

Me paré y caminé hacia la cocina acompañada del ruido de los hielos.

Lo único que encontré al llegar fue el ambiente vacío atravesado por los rayos del sol. Reflejaban partículas diminutas flotando en el aire al compás del sonido de la heladera, que ya estaba muy vieja.

Tal vez fue mi imaginación, pensé.

Fui a fijarme a los dos cuartos del ala izquierda de la casa, toquë la puerta del primero, nada.

Las camas hechas, el retrato de mi abuela en la mesa de luz y las persianas bajas.

Sentí que ahora la voz me llamaba llorando, pedía por mí. Fui al otro cuarto y estaba la puerta cerrada con llaves. Nada por aquí, nada por allí. Con temor, me acordé del sótano.

 -¿Dónde estás? ¿Estás solo?.

Al pronunciar esa frase pensé, qué estúpida, si hubiera un niño encerrado por alguien, -y estaríamos los dos entrampados-, no me daría esa información.

Pensar en tener que abrir el sótano me retorcía el estómago. Hacía mucho que no bajaba. Años que venía evitándolo.

Había comprado una alfombra cocida a mano en un viaje al norte del país de dos metros por dos metros. Colorida y alegre, perfecta para tapar la abertura del suelo que conducía a ese agujero. Entonces me convencí de que la voz venía de afuera. Si, claro. Era obvio. Salí y fui derecho hacia los frutales.

Pensando, este niño se está burlando de mí. Ya lo tenía entre ceja y ceja, me había derretido todo el hielo, seguro estaba comiéndose los quinotos del árbol que estaban justo para cosechar.

Me estaba tomando el pelo, a mí. Iba caminando ligero.

Pensar en tener que abrir el sótano me retorcía el estómago. Hacía mucho que no bajaba. Años que venía evitándolo.

 

 

La desenfocada imagen de la higuera, los naranjos y los limoneros, se hizo más nítida.

Y al llegar entré como en un laberinto, me enredé entre los arboles y pensé, cada vez que vuelvo a mi niñez, me enojo.  

Foto: Dibujo Daniel Melingo

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